miércoles, 15 de noviembre de 2017

Débil

Tus debilidades son tu aliado.

Te has pasado toda tu vida machacando tus debilidades; es lo que te han enseñado. Las has repudiado dándoles toda tu atención en la forma equivocada y has conseguido convencer a los demás de que no están bien.  Avergonzado, también has probado a esconderlas.

Reaprende.

Al igual que tus fortalezas, están en el centro de lo que te conmueve, de lo que te impulsa o de lo que te frena. Su fuerza es descomunal. Redirígelas a tu favor y te darán poesía.

jueves, 10 de agosto de 2017

Espiral

Una espiral que te hace descender al infierno.
Giras y giras hacia las profundidades. La oscuridad se acentúa con cada giro.
Ritmo encadenado constante. El peso que vas sumando te empuja en el descenso.
Miedo.

Entonces, descubres que el sentido se puede invertir. Y que existe una espiral de ascenso. Que una cosa lleva a la otra. Y la oscuridad se va disipando. Y la alegría extinta reaparece. Y eres quién eras. Quien siempre fuiste. Quien siempre serás.

lunes, 7 de agosto de 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Me siento solo


Me siento solo, 
abandonado, 
no deseado; 
quiero ser otro. 

Pero en el fondo 
siempre lo pienso: 
“siempre fui amado, 
acompañado”. 

¿Por qué me siento así, 
si todo brilla en sí? 
Me quiero ir de aquí, 
lejos de mí. 

Intento curarme, 
solo amarme, 
pero nada lo cambia, 
vivo con rabia. 

A veces me quiero, 
a veces me odio, 
pero hoy hasta es tan obvio: 
“Quiero ser otro”. 

¿Por qué me siento así, 
si todo brilla en sí? 
Me quiero ir de aquí, 
lejos de mí. 

lunes, 5 de junio de 2017

La más idiota de todas las sentimentales

Mi tiempo fue tu tiempo. Mis emociones fueron tuyas. Y mi cuerpo.
Cedí. Cedí. Cedí.
Caí y me levanté. Una y otra vez.
No me rendía. No entendía porqué habría de hacerlo.
Siempre una posibilidad, siempre un juego de malabares para continuar la partida.
Pero la derrota era el resultado de antemano.
Y aún así, la razón se mantenía cómplice imaginando la victoria.
La misma razón que, si analizaba fríamente esa posible victoria, se daba cuenta de que el puzzle no encajaría.

El corazón por su parte, obstinado, reclamaba aquello que creía que le correspondía. Tampoco pedía tanto. De hecho, cada vez pidió menos. Un corazón un tanto humillado, arrastrado, sin dignidad. Pero, increíblemente,  un corazón que repetiría tan indecorosas circunstancias. Ser consciente de esto fue ser consciente de que el amor es un sinsentido. Propio de idiotas sentimentales. Y me sentí la más idiota de todas las sentimentales y la más sentimental de todas las idiotas.  

martes, 18 de abril de 2017

Soy un ciempiés

Soy un ciempiés. Un gusano. Una cucaracha kafkiana. Cualquier bicho nauseabundo. Llevo cara de perro, con las comisuras de los labios hacia abajo. Quiero lo que no tengo. Lo que tengo me parece poca cosa. Creo que estoy enferma, alguna enfermedad grave que necesita por fuerza una operación, que deja secuelas graves o lleva a la muerte. Deambulo de un lado a otro presa de una tristeza infinita. No me ducho. Duermo ratos largos durante el día pero no me despejo. Me siento sola. La soledad más absoluta. Afuera la gente parece divertirse, pero la sola idea de salir y encontrarme con ellos me produce un inmediato rechazo. Si me veo obligada a hacerlo camino pegada a los muros deslizándome rápidamente sin hacer ruido para evitar ser vista. Siento molestias dónde creo que tengo la enfermedad: si es en la cabeza, en la cabeza; si es en el pecho, en el pecho; si es en el pie, en el pie. Siento ansiedad sexual. Pienso en llamar a algún amigo, pero recuerdo que estoy sola. Se me pasa el día en un letargo infinito. Tan largo, pero breve a la vez. Un paso más en el inexorable camino hacia la muerte. Y tantas cosas sin vivir. Siento que he desaprovechado mi pasado, que está carente de emociones verdaderas, de experiencias reales. Pero a su vez, me veo incapaz de aprovechar el presente sumida en el aborrecimiento e ensimismamiento más absolutos. Pienso que, de seguir así, mi vida no valdrá la pena.


Pasa un día, o tres, o un mes y todo cambia. No soy un ciempiés, me contento con lo que tengo y estoy sana. Salgo sonriendo a la calle, quedo con amigos. Mi pasado me parece gratificante y el presente me aporta pequeñas cosas que me hacen sentirme plena. 


Pero al cabo de un tiempo, todo vuelve a empezar. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

Esa obsesión por distraerse

A la gente le encanta distraerse. Hacer un montón de cosas para no pensar. ¿Pensar en qué? Básicamente en uno mismo y en su relación con el mundo. Cuantos más problemas se presentan, más distracciones se buscan. A mí me suelen aconsejar distraerme durante mis crisis emocionales. Pero es lo último que me apetece.


Cuando se me presenta una situación que me genera sensaciones como inquietud o ansiedad me meto de lleno llegando al punto de dejar de hacer una vida ordinaria con sus cosas más básicas: hasta comer se me olvida. Toda mi  atención la focalizo en la cuestión que resolver hasta sentir que se produce una revelación y que esa revelación produce, a su vez, un cambio. A veces, se encadenan varias revelaciones y cambios y sigue sin haber tiempo para la distracción. Por eso me gusta llevar una vida pacífica, con pocas cosas que hacer, pocas exigencias, poca gente alrededor... De este modo, no solo el entretenimiento sino que tampoco los deberes sociales me impiden centrar mi energía en asuntos que me preocupan.

No creo que esta actitud sea el polo opuesto a la de la distracción ante un problema. El polo opuesto sería enredarse en el problema, revolcarse hasta con regodeo, sin voluntad de superación en esa tendencia que tienen algunas personas de ser felices en su  infelicidad.

La distracción solo me seduce cuando no tengo absolutamente nada que hacer, ni fuera ni dentro de mí.