lunes, 5 de junio de 2017

La más idiota de todas las sentimentales

Mi tiempo fue tu tiempo. Mis emociones fueron tuyas. Y mi cuerpo.
Cedí. Cedí. Cedí.
Caí y me levanté. Una y otra vez.
No me rendía. No entendía porqué habría de hacerlo.
Siempre una posibilidad, siempre un juego de malabares para continuar la partida.
Pero la derrota era el resultado de antemano.
Y aún así, la razón se mantenía cómplice imaginando la victoria.
La misma razón que, si analizaba fríamente esa posible victoria, se daba cuenta de que el puzzle no encajaría.

El corazón por su parte, obstinado, reclamaba aquello que creía que le correspondía. Tampoco pedía tanto. De hecho, cada vez pidió menos. Un corazón un tanto humillado, arrastrado, sin dignidad. Pero, increíblemente,  un corazón que repetiría tan indecorosas circunstancias. Ser consciente de esto fue ser consciente de que el amor es un sinsentido. Propio de idiotas sentimentales. Y me sentí la más idiota de todas las sentimentales y la más sentimental de todas las idiotas.  

martes, 18 de abril de 2017

Soy un ciempiés

Soy un ciempiés. Un gusano. Una cucaracha kafkiana. Cualquier bicho nauseabundo. Llevo cara de perro, con las comisuras de los labios hacia abajo. Quiero lo que no tengo. Lo que tengo me parece poca cosa. Creo que estoy enferma, alguna enfermedad grave que necesita por fuerza una operación, que deja secuelas graves o lleva a la muerte. Deambulo de un lado a otro presa de una tristeza infinita. No me ducho. Duermo ratos largos durante el día pero no me despejo. Me siento sola. La soledad más absoluta. Afuera la gente parece divertirse, pero la sola idea de salir y encontrarme con ellos me produce un inmediato rechazo. Si me veo obligada a hacerlo camino pegada a los muros deslizándome rápidamente sin hacer ruido para evitar ser vista. Siento molestias dónde creo que tengo la enfermedad: si es en la cabeza, en la cabeza; si es en el pecho, en el pecho; si es en el pie, en el pie. Siento ansiedad sexual. Pienso en llamar a algún amigo, pero recuerdo que estoy sola. Se me pasa el día en un letargo infinito. Tan largo, pero breve a la vez. Un paso más en el inexorable camino hacia la muerte. Y tantas cosas sin vivir. Siento que he desaprovechado mi pasado, que está carente de emociones verdaderas, de experiencias reales. Pero a su vez, me veo incapaz de aprovechar el presente sumida en el aborrecimiento e ensimismamiento más absolutos. Pienso que, de seguir así, mi vida no valdrá la pena.


Pasa un día, o tres, o un mes y todo cambia. No soy un ciempiés, me contento con lo que tengo y estoy sana. Salgo sonriendo a la calle, quedo con amigos. Mi pasado me parece gratificante y el presente me aporta pequeñas cosas que me hacen sentirme plena. 


Pero al cabo de un tiempo, todo vuelve a empezar. 

miércoles, 1 de marzo de 2017

Esa obsesión por distraerse

A la gente le encanta distraerse. Hacer un montón de cosas para no pensar. ¿Pensar en qué? Básicamente en uno mismo y en su relación con el mundo. Cuantos más problemas se presentan, más distracciones se buscan. A mí me suelen aconsejar distraerme durante mis crisis emocionales. Pero es lo último que me apetece.


Cuando se me presenta una situación que me genera sensaciones como inquietud o ansiedad me meto de lleno llegando al punto de dejar de hacer una vida ordinaria con sus cosas más básicas: hasta comer se me olvida. Toda mi  atención la focalizo en la cuestión que resolver hasta sentir que se produce una revelación y que esa revelación produce, a su vez, un cambio. A veces, se encadenan varias revelaciones y cambios y sigue sin haber tiempo para la distracción. Por eso me gusta llevar una vida pacífica, con pocas cosas que hacer, pocas exigencias, poca gente alrededor... De este modo, no solo el entretenimiento sino que tampoco los deberes sociales me impiden centrar mi energía en asuntos que me preocupan.

No creo que esta actitud sea el polo opuesto a la de la distracción ante un problema. El polo opuesto sería enredarse en el problema, revolcarse hasta con regodeo, sin voluntad de superación en esa tendencia que tienen algunas personas de ser felices en su  infelicidad.

La distracción solo me seduce cuando no tengo absolutamente nada que hacer, ni fuera ni dentro de mí. 

lunes, 20 de febrero de 2017

En carnaval: careta sobre careta

No sé que gracia le ve la gente a eso de disfrazarse. La mayoría lleva puesta una careta todo el año, sino varias.

¿Quién es el que se comporta como uno mismo las 24 horas? Con el jefe, con la familia, con el
mendigo, con el presidente… ¿Alguien se libera de los roles? Quién más y quién menos tiene unas cuantas caretas guardadas en el armario junto con la ropa que se va a poner ese día. Lo peor es que a veces uno se acostumbra tanto a las caretas que hasta en la más pura soledad se le olvida quitársela. ¿Por qué razón iba sino uno a aborrecer estar solo y la inactividad? Conviene distraerse y compañía para evitar que la careta se caiga y nos descubramos ante el espejo con esa cara desconocida que resulta que es nuestra. 

Es por esto que no acabo de entender la gracia de los carnavales. En realidad, imagino que en estas fechas las personas aprovechan precisamente para lo contrario. Ocultando sus caretas con otras careta se atreven por unos días a ser ellas mismas, a hacer el idiota para soltar todo ese disfraz que llevan pegado los restantes días del año. Como una buena borrachera. O como volver a la infancia. La excusa perfecta para sacar los instintos primarios, la desinhibición y hacer un papel escrito por ellas mismas pues, a diferencia del resto del año, uno escoge el disfraz y no se pone el que le mandan.

lunes, 13 de febrero de 2017

Me dicen que tengo un problema con el amor

Me dice la gente que tengo un problema con el amor, que me lo haga ver. No porque no quiera, no, no. La cosa así dicha parece que va de eso, pero resulta que va de todo lo contrario. Me dicen que es porque quiero demasiado. Que me enamoro con facilidad y muy rápido. Si no me lo llega a decir nadie, juro que lo último que se me pasaría por la cabeza es que querer mucho, fácil y rápido fuese algo malo. Me resulta realmente un misterio que pueda haber algo de negativo en la combinación de estos conceptos.

Amor y Psique
Se supone que uno no puede enamorarse profundamente así de pronto. De modo que he pedido en más de una ocasión algún consejo sobre el tiempo de referencia estipulado; no sé como los míticos 21 días esos... Necesito un calendario y un cronómetro de lo contrario, cuando menos lo espere, me habré enamorado de nuevo y resulta que no será válido porque no estará dentro de plazo cual declaración de la renta. Y para el tema de la profundidad hace falta conocer mucho a la otra persona, por eso también lo del tiempo. Pero a mi entender, eso es meterse en camisa de once varas. Si tengo que esperar a conocer a la persona como si la hubiese parido lo más seguro es que nunca me vaya a enamorar porque de ese modo parece que se esté buscando una razón para hacerlo y a mí me pasa sin ningún motivo, me descubro enamorada que se dice, y no es porque la persona haya pasado ningún periodo de prueba. La prueba viene después. Cuando existe amor a uno le surgen unas ganas infinitas de encajar y lo que podrían ser cuestiones que no combinan bien acaban superándose porque la prueba ya está pasada.

También me dicen que quien se enamora de esta manera, se suele desenamorar y desencantar fácilmente. Pues puede ser, pero también puede no ser. Al fin y al cabo no seamos ingenuos, por lo general, el amor acaba extinguiéndose igual*. De todos modos prefiero un amor breve, pero puro e intenso a un amor apagado por el miedo, con tendencia a presionar el freno y con un montón de pruebas de fuego que superar. No estoy diciendo que solo exista un tipo de amor ni que el que yo vivo sea el más válido. Estoy diciendo que querer es algo bueno en sí y que resulta más auténtico si en vez de procesarlo tanto por la mente, uno simplemente se deja llevar aún corriendo riesgo de estrellarse una vez más.

*Actualización 02/03/18
Sí creo en el amor para toda la vida. 

domingo, 5 de febrero de 2017

Método chino para convertir un "¡uyyy!" en una celebración

Durante mi viaje a China descubrí un comportamiento de los chinos que me pareció bien particular. Resulta que son bastante kamikazes en lo que al tráfico se refiere: conducen como cafres, no respetan las normas de circulación y un largo etc. (Si algún chino me está leyendo sé que no se lo tomará a mal, es así como lo hacen. No es que sea bueno o malo digamos que, por alguna razón, están de acuerdo en que esa es la mejor manera). Pues bien, como los incidentes son bastante frecuentes por este hecho (y supongo por otros), los "¡pum!" y los "¡uyyy!" son habituales. Cuando se produce un "¡pum!"(golpe, choque, atropello etc.), aunque son de pasar bastante, alguno que otro, sobre todo los implicados, reacciona de una manera que se consideraría normal: lamentándose o quejándose. Pero cuando se produce produce un "¡uyyy!", es decir, un "por los pelos no la hemos palmado, no nos han atropellado o no nos hemos caído por un terraplén" pues se parten la caja. Esto también ocurre cuando se produce un "¡pum!" sin consecuencias demasiado graves. Es increíble ver con que felicidad parecen decir "pa' habernos matao". 

Lo que me apasiona de este comportamiento es la filosofía que de él percibí. Mientras la mayoría de los occidentales ve inconsciencia pura e incluso burla a la muerte en todas sus acepciones, yo veo todo lo contrario. Veo respeto hacia la vida. Me explico. La mayoría de la gente que conozco de la mayoría de los países que conozco, ante una situación de "¡pum!" o "¡uyyy!" se lleva las manos a la cabeza y empieza a decir cosas del tipo: "pudo haber sido una catástrofe; unos centímetros más y habríamos muerto; hay que tomar medidas porque no puede seguir así; se debe prohibir circular a X velocidad o de X modo; hasta que pase algo grave nadie va a tomar medidas..." Vaya coñazo de pesimismo. O sea, la vida y la muerte se encuentran, gana la vida y la gente solo pone atención en la muerte, o aún peor, en la hipótesis de muerte. Y luego venga con normas y prohibiciones porque el miedo de la muerte se puso de corbata. 

Los chinos, en cambio, puede que por su candidez (es innegable que destellan inocencia para algunas cuestiones) ven las cosas como si fuesen niños y celebran la verdad. Y la verdad es que ha ganado la vida en el "¡uuuy!" aunque sea por un casi. Bastante tienen con lamentarse cuando ocurre el "¡pum!" como para negativizar el "¡uuuy!" con ideas que no se ajustan a los hechos. Los hechos son que, pudo haber pasado algo fatídico y no pasó y eso es para celebrarlo no para lamentarse. Por esta razón y, a pesar de lo kamikazes que puedan ser en la carretera, me parece que los chinos celebran más la vida que los occidentales, precisamente porque puede que los occidentales tengan más miedo a vivir y por eso se centran tanto el la muerte en cuanto encuentran la mínima oportunidad. 


Guilin, 2014. Autor: Tania Alonso 

"Los noticieros aman lo peor: las enfermedades, los que matan, los políticos corruptos. Viven de eso, se envenenan de eso todos los días [...] Si son jueces que vayan a los tribunales, si los políticos son tan malos que hagan una revolución [....] Pero no, te cuento pero no cambio, te cuento lo peor, pero no lo mejor. [...] Y después dicen: en nombre de la justicia, eh, estamos preocupados por la verdad [...] Tienen pánico a la vida por eso adoran las malas noticias". 
F. Cabral

miércoles, 18 de enero de 2017

A mis veinte y diez: crisis de identidad.

Acabo de cumplir 30 años y no sé quién soy. La última vez que me hicieron esa pregunta en plan psicológico mi mente empezó a navegar entre ideas buscando unas cuantas a las que aferrarse. La respuesta-tipo empieza tal que así: "soy una persona..." Y luego solo consiste en añadir adjetivos que se suponen que te definen. La verdad, nada más decirla, ya sentí que era una mierda de respuesta. 

Como decía, después de 29 años de vida no sé quién soy. Creo que lo sé menos que nunca. Releyendo algún diario antiguo encontré ideas en las que me definía: "soy así, soy asá", escribía. Los veo ahora y pienso: o mucho cambié o no era tan así ni tan asá. Y creo que hay parte de verdad en ambas cosas. 


Considero la identidad como algo bastante irrelevante ya que se construye por oposición a un "otro" y en base de unos estándares establecidos en sociedad. Por tanto, está concebida para lo exterior por mucho que parezca algo íntimo. Si uno se criase completamente solo no se andaría haciendo estas preguntas, simplemente viviría. 

"Sé quién soy. Soy una persona cabezota, alegre, que se preocupa por las injusticias y con ganas de comerme el mundo. No dejo que me manipulen porque sé quién soy". Esto es un ejemplo de respuesta-tipo que comentaba al principio y que podría ser dicha por cualquier persona. No suena mal, incluso dan ganas de hacerse fan de alguien así. Pero lo que implica, en realidad, es un inmovilismo contrario a la propia esencia del ser. ¿Qué pasa si un día dejas de creer en lo que siempre has creído?¿Lo que consideras tu esencia de persona cabezota te hará negarlo? Probablemente. ¿Y si estás triste? No estás siendo tú misma; eres alegre, recuerda. ¿Y si alguna vez, en el fondo, te la pela lo que pase en el mundo? ¡Qué culpabilidad! ¿Y qué pasará cuando descubras que en vez de comerte el mundo el mundo te ha comido a ti? Te deprimirás. Crees que no pueden manipularte porque tienes muy claro quién eres, pero precisamente esa seguridad es la que te lleva de cabeza a ser carne de cañón siendo tú mismo tu primer manipulador. 

No creo que la complejidad de una persona pueda resumirse en unas pocas palabras. Y más, cuando esas pocas palabras excluyen, aparentemente, a sus contrarias. 

Nunca he estado más lejos de saber quién soy. En cambio, nunca me he sentido más cómoda en mi propia piel. Porque he entendido que eso no tiene importancia alguna, que nada depende totalmente de uno mismo ni mucho menos de unas cuantas ideas condicionadas por factores externos. Descubro que sé más cada vez que reconozco que sé menos. Es por eso que simplemente me abandono al hecho de ser una conciencia que ha encontrado morada en un cuerpo humano, nada más y nada menos que eso. Y así, todo parece encontrar su sitio en el vacío de la no concreción.


A mis cuarenta y diez, 
cuarenta y nueve dicen que aparento. 
Más antes que después 
he de enfrentarme al delicado momento 
de empezar a pensar 
en recogerme, de sentar la cabeza, 
de resignarme a dictar testamento 
(perdón por la tristeza) 
Para que mis allegados, condenados 
a un ingrato futuro, 
no sufran lo que he sufrido, he decidido 
no dejarles ni un duro. 
Sólo derechos de amor, 
un siete en el corazón y un mar de dudas.

Fragmento de A mis cuarenta y diez

Joaquín Sabina